Horizonte cultural

A estas alturas resulta prácticamente imposible escapar de la evidencia: Internet está modificando nuestro modo de entender la vida, sin ámbito de excepción. Esta transformación adquiere una forma cada vez más tangible en el desarrollo de productos culturales, que se revalorizan para restar relevancia a factores como la rentabilidad o el beneficio económico.

Las nuevas tecnologías han democratizado el acceso a los recursos comunicativos, de modo que cualquier persona puede elaborar su mensaje y distribuirlo libremente, sin necesidad de recurrir a la figura intermediaria que siempre había unido los dos procesos. Sin duda, esta nueva perspectiva  engrandece la figura del autor en relación con sus derechos morales. Es el creador quien tiene el control completo de la obra y, por ello, no existirán barreras capaces de eludir su libertad creativa.

Según la RAE, el término cultura hace referencia al conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico. Atendiendo a esta definición, la transmisión de ideas culturales debería ser prioritaria en cualquier comunidad por su propia trascendencia y no por la repercusión económica. Sin embargo, el acceso a la cultura ha estado siempre limitado a la población privilegiada que podía permitirse el lujo de pagar por ver una película, una obra de teatro o asistir a un concierto. La red de redes destruye este panorama de segmentación con el concepto de “cultura libre”, que apuesta por una equidad social, donde todas las personas tienen el mismo derecho a saber y a conocer. La exhibición del mensaje se vuelve horizontal y abre la veda al conocimiento con un alcance universal. Es en este punto donde debemos hacer una referencia obligada a la denominada obra derivada. ¿Por qué restringir la vida de las ideas cuando se pueden revisar, acumular y mejorar? Siempre parece sano el cuestionamiento de cualquier afirmación, y ese es, y no otro, el propósito de la cultura.

Ahora bien, la polémica del asunto aparece cuando entran en juego los derechos patrimoniales. Una vez expuestas a la libre circulación, las ideas dejan de tener propietario para integrarse dentro del paradigma del procomún.  Un modelo ideal pero utópico, por ahora, en este marco contextual. En un mundo regido por el poder adquisitivo y la competitividad, no parecen resultar sostenibles los planteamientos sustentados por la transparencia y la colaboración. Por tanto, no creo que el concepto tradicional de derechos de autor esté caduco, ni mucho menos. El afán de privatizar prevalece aún sobre el de compartir y considero que para hablar de este modelo como de una realidad factible, primero debería consolidarse como alternativa viable la denominada economía cooperativa. Pero todo se andará.

“Ella está en el horizonte -dice Fernando Birri-. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por mucho que yo camine, nunca la alcanzaré. ¿Para que sirve la utopía? Para eso sirve: para caminar.
Eduardo Galeano

Texto en respuesta a la Clase 1 del curso “Arte y cultura en circulación. Introducción al derecho de autor y licencias libres”

Anuncios

Una respuesta a “Horizonte cultural

  1. Pingback: La vida de las ideas | lucía costa·

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s